Personas de las que aprendí. Montenegro, Serafín. La determinación.

Conocí a Serafín Montenegro en uno de los momentos más duros de su carrera deportiva. No me refiero a la etapa en la que fue portero del Pontevedra  -aun teniendo una notable minusvalía en la mano derecha-, cuando el Pontevedra era el Pontevedra, sino a aquella en la que perdió el imperio que él, junto con otros dos socios, había creado de la nada. Pasó del todo al vacío en unas horas. Se estrelló.

Cualquiera en su situación habría estado en coma profesional una larga temporada. Los golpes así matan a las personas.

Enroscado, reconcentrado y enérgico. Rápido, listo y tenaz. A mí no me gustaría tenerlo de enemigo. Sufrir a Serafín tiene que ser duro de carallo. Sería como saber que tienes que enfrentarte con alguien que no se cansa nunca, que va a por todas desde el minuto cero hasta el último segundo de la prórroga, que te quiere ganar, hoy, mañana y todos los días.

Han pasado ya la friolera de dieciséis años desde que aconteció el traspiés, y como mencioné, partiendo desde cero, hoy tiene de nuevo una de las empresas más fuertes de su sector.

Serafín Montenegro esconde muchas habilidades, de otro modo no es posible conseguir lo que él ha llegado a construir, pero si tuviera que elegir una palabra para definirlo, esa palabra sería determinación. La determinación convierte a la persona en una bala directa a su objetivo. La determinación lleva implícita la cualidad de actuar en el momento adecuado, con la debida rapidez. Eso bloquea a los oponentes, no les presta tiempo para pensar. Las personas suelen apartarse ante la gente determinada, suelen colaborar con aquello que les piden, casi de forma instantánea.

La siguiente escena de la película «Sin perdón», de Clint Eastwood, nos muestra a la perfección el efecto que genera en los demás una persona decidida que toma la iniciativa.

Al tiempo que estoy escribiendo estas líneas, caigo en la cuenta de que casi la totalidad de la gente importante que he conocido guarda similitud respecto al hecho de su unicidad y particularidad como individuo. Los grandes hombres se parecen poco a los demás, por dentro y por fuera.

Personas de las que aprendí. Martínez Blázquez, Juan. La seguridad.

Mi abuelo nació en una pequeñísima aldea de una remota zona de la provincia de Albacete, casi perdida, escondida no ya del pueblo al que pertenecía, sino del mismo mundo, o casi. Juan Martínez Blázquez era hijo de un hombre querido por los vecinos, cariñoso y con una bondad que aún recuerdo en su aspecto, su voz y su forma de mirarme cuando no llegaba apenas al metro de altura. Su madre, de nombre Olvido, era una mujer que suplía con su carácter lo que le faltaba en presencia, todo energía. Cuando yo la conocí arrastraba a duras penas las zapatillas al andar, pero eso no desdecía lo que de verdad había detrás de esa apariencia de mujer mayor, muy envejecida. La abuela Olvido tenía una fuerza interior que echaba para atrás. Tenía de agreste lo que mi visabuelo de bueno, o al menos así la recuerdo yo.

No tengo por intención redactar la biografía de mi abuelo aquí, pues no es de interés para el tema que nos ocupa, pero les aseguro que daría para bastante más que un libro de aventuras, y de los buenos.

Hace poco tuve la suerte de poder pasar un buen rato con él. Apenas oye, y aunque parece que las facultades físicas se van marchando por horas de su cuerpo, no hay más que mirarle a los ojos para saber el tipo de hombre que tienes delante. Me sorprendió verlo comer a sus noventa y dos años, me puso una sonrisa en la cara. Con todo el peso de los años encima, mi abuelo, cuando come, se cabrea, parece un águila, tal es el aspecto de su cara cuando tiene el plato delante. Abre los ojos bien grande, y tersa los pómulos con genio. En él, eso siempre fue así.

Mi abuelo se caracteriza por haber sido una persona diferente, impermeable a las opiniones ajenas, inteligente, independiente, y por encima de todo, ingobernable. Una persona irreverente como pocas, educado, pero sin ningún temor ni aprecio o desprecio con el poder. Por este rasgo tan suyo, tuvo no pocas peloteras con la autoridad y las personas de cierta relevancia social a nivel local, llámense alcalde en unas ocasiones, vecinos de linde, o directores de banco en otras.

A riesgo de ser parcial, pocas personas tan peculiares y atrevidas me he tropezado a lo largo de mi vida. Le encantaba llevarme de viaje en su coche cuando yo sólo tenía apenas cuatro años. En esos largos viajes, se dedicaba a pensar, no ponía nunca la radio, aunque la verdad, nunca hizo falta, me contaba cosas de forma intermitente, chascarrillos e historias populares, nada en particular, pero lo hacía siempre con una sonrisa en la cara. Era un tío simpático.

Mi abuelo jamás trabajó para otros, siempre montó negocios propios, sacando dinero en entornos donde parecía imposible. Hacía dinero con lo que había. En la zona de Albacete de la que soy hijo de nacimiento, infancia y adolescencia, había poco con lo que prosperar, salvo almendros -montó una partidora industrial para vender la pepita y la cáscara, dando trabajo a algunas personas del pueblo-, madera -se dedicó en ciertos años a cortarla y venderla-, y personas de a pie con la necesidad de desplazarse -y montó tres autoescuelas-.

De mi abuelo he admirado su seguridad, y su particularidad como persona. No se parecía en nada al resto de los hombres de su edad y entorno social. Era una bomba de relojería con un autocontrol sorprendente. Tengo que reconocer que me ponía nervioso en muchas ocasiones, sobre todo en aquellas, que las hubo, donde yo realmente veía peligro. De todas ellas salió siempre airoso, con cierta chulería. Mi abuelo dejaba entrever detrás de su expresión irónica cuando encaraba una discusión, un tufillo de mala uva que preocupaba al de enfrente. Supongo que eso lo heredó de su madre. Siempre sabía lo que estaba haciendo, y también que estaba poniendo a prueba la paciencia de la persona a la que le tocara sufrirlo. Conocía los límites, y los surcaba con cierta frecuencia. Era, como ya he dicho anteriormente, ingobernable.

Mi abuelo nunca ha dejado de sorprenderme. Ya he mencionado al inicio de este post, que he tenido la suerte de pasar un rato con él, paseando, a sus 92 años. En el transcurso de los veinte minutos caminando alrededor de la manzana del pueblo en el que ha vivido buena parte de su vida, me dió algunos valiosos consejos, dos de los cuales me gustaría dejar escritos aquí:

«Ayuda a tus clientes. Si en vez de venderles una máquina nueva, tú sabes que arrenglándola puede valerles perfectamente, aconséjales bien. Estás tratando con empresarios José. Si te pillan en un renucio, perderán la confianza en tí, y esa confianza se va igual que vino, pero ya no vuelve.»

«En todos los negocios, procura sacar el máximo para tu empresa, pero esto no siempre será posible, y cuando esto suceda, vete al tope y no te muevas de ahí. Es preferible ganar poco o perder que no hacer un trato.»

Te quiero abuelo, siempre te llevaré en mi corazón.