El humor como clave para la vida y las ventas

Todos los vendedores a los cuales he admirado compartían una característica de las mejores que puede tener no sólo un comercial en el desempeño de su actividad, sino también una persona en el devenir de sus días: el humor. Tomarse la vida demasiado en serio no merece la pena, es una pérdida de tiempo. Sonará fuerte para algunos, pero mañana es posible que yo ya no esté aquí, o quizá usted, quién sabe. ¿Para qué voy a agarrarme el cabreo del siglo por una tontería que estará solucionada, mejor o peor, dentro de un minuto, una hora, o quizá un año?. «Todo tiene solución, menos la muerte», solía decir mi padre. Para algunas personas inteligentes, tales como Arturo Pérez Reverte, el mundo se divide en dos tipos de personas: aquellas que saben que se van a morir, y aquellas que no. Estoy de acuerdo con él. Suelo levantarme temprano a diario, y procuro acordarme de dar las gracias a Dios por estar vivo un día más, mañana, ya veremos. Esta perspectiva puede sonar macabra a los oídos de mucha gente, pero el tener esta perspectiva te ayuda a relativizar las cosas. No somos tan importantes, y tampoco tan valiosos como pensamos. Vuelvo a repetir, igual mañana no estamos, por tanto, estar contentos por el mero hecho de estar aquí es un enfoque sensato, cuanto menos, y tomarse las cosas con humor reportará en mejor salud para lo que nos quede.

Tuve el honor de conocer a un figura de la venta de maquinaria usada, una eminencia en números y comisiones. Victoriano Sánchez, era, al igual que mi estimadísimo Juan Gallego Fernández -mi primer jefe de verdad, y una de las personas más espectaculares que he conocido en mi vida-, un tío con un humor en un estado de forma colosal. Siempre tenía un chascarrillo que soltarte cuando se cruzaba contigo por el pasillo. No podía remediarlo, se paraba en mitad del pasillo con el cigarro en la mano, te miraba a la cara, te señalaba con el índice de la mano con la que sostenía el pitillo, y te soltaba algo del repertorio como: «cuando sea mayor quiero ser como tú, alto y guapo… pero con pelo». Era un tío muy gracioso, capaz de doblarte de risa en cualquier momento o situación. Mi antiguo jefe, Juan Gallego, era similar, se tomaba la vida con toda la ligereza de la que era capaz, a pesar de tener encima un montón de problemas serios. Era la persona más irónica e inteligente de cuantas he conocido. Era tan bueno, que los que se creían buenos se morían de envidia hacia él, porque no eran capaces de ganarle en cifras, ni en la oficina, ni en la vida misma. Eras el mejor Juan.

Juan Gallego Fernández fue durante muchos años jefe de ventas de uno de los fabricantes de maquinaria más importantes del mundo. Se reía de su sombra, y se burlaba, sin maldad, de las personas soberbias y arrogantes, les bajaba los humos con su ironía, porque era sabedor de que la vida no hay que tomársela demasiado en serio.

No todos tenemos la suerte de ser personas graciosas en nuestro discurso, pero sí podemos entrenar el humor como forma no sólo de pasarlo bien, sino de tomarnos la vida un poco menos en serio. Escuchar chistes o ver alguna película de cachondeo que nos guste puede ayudarnos en gran medida a hacer de nosotros personas más normales, menos engañadas por los espejismos de la publicidad, y más cercanos a los demás.

Una persona con un sentido del humor entrenado tendrá siempre recursos a mano para salir del paso en algunas situaciones en las que otros caminos llevan inequívocamente al fracaso. Una actitud desenfadada, o una frase ocurrente pueden arrancar risas o sonrisas en los clientes, que le abrirán la puerta para que escuchen lo que les tiene que decir.

Las personas que se toman la vida con sentido del humor viven más, y venden mejor que el resto.

 

El humor como característica común de los vendedores de éxito

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